
Don Fernando Larrain Peña fue un destacado empresario nacional con una trayectoria que marcó en forma significativa al sector financiero e industrial de nuestro país.
Hombre de bajo perfil, ideas claras y una serenidad que imponía respeto, combinó una profunda vocación por los negocios con una sensibilidad artística que lo acompañó toda su vida. Amante del arte —en especial de la pintura— y lector incansable, encontraba en los matices de un cuadro y en las páginas de The Economist las claves para interpretar el mundo.
Su trayectoria empresarial alcanzó un punto decisivo a mediados de los años 90, cuando tomó el control como principal accionista, de la empresa Watt’s. Bajo su liderazgo, nuestra Compañía pasó de ser un actor más a transformarse en una de las mayores empresas de alimentos del país.
Su estilo de gestión se caracterizaba por la disciplina, la austeridad y una sorprendente rigurosidad analítica —más impresionante aún considerando que jamás usó computador ni calculadora: para él, el papel y lápiz eran herramientas más que suficientes. Los Directorios que encabezaba eran reconocidos por su orden, su seriedad y su foco en el trabajo bien hecho.
Don Fernando leía personalmente cada balance financiero; conocía los números con una precisión admirable y tomaba decisiones con una combinación exacta de prudencia y firmeza. Su lema era sencillo pero inflexible: “hacer las cosas bien”. Esta filosofía lo llevó a expandir Watt’s a través de adquisiciones, integraciones y un crecimiento sostenido que se volvió su sello.
A pesar de su intensidad profesional, Don Fernando era un hombre profundamente humano. Religioso, reflexivo y excelente conversador, se rodeó siempre de amistades leales que valoraban su generosidad y su capacidad de escuchar. Su familia ocupó un lugar central en su vida: sus cinco hijos lo respetaban no solo como padre, sino como referente intelectual y moral. Él los escuchaba con atención y buscaba transmitirles una enseñanza fundamental: la historia es una maestra insustituible.
Amante de las buenas comidas, encontraba en la mesa un espacio de disfrute genuino. También en su campo en Papudo hallaba descanso y una conexión íntima con la naturaleza y la tradición rural que siempre lo inspiró. Analítico, disciplinado y sereno, don Fernando dejó una huella profunda en el mundo empresarial chileno. Su legado permanece no solo en la fortaleza de las compañías que construyó, sino en la ética del trabajo bien hecho, en su respeto por la historia y en la convicción de que las grandes decisiones —como la vida misma— se toman mejor con calma, lápiz en mano y la mente abierta a aprender siempre.
Don Fernando, descanse en paz.